Diplomatura en Kaizen y Lean Manufacturing en Universidad de Belgrano

BREVE INTRODUCCIÓN

El Sistema Kaizen o Lean Manufacturing es el nombre que los expertos del MIT dieron al Sistema de Producción Toyota (TPS), que fue desarrollado y perfeccionado en Japón por Toyota Motor Corporation y está basado en la aplicación operativa de los principios y herramientas de la Gestión Total de la calidad compilados por la JUSE (Japan Union of Scientists and Engineers) y otras organizaciones
japonesas, a partir de las ideas introducidas en Japón por William Edwards Deming.
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El Sistema Kaizen es utilizado hoy por las más grandes industrias en todo el mundo. Sin prisa pero sin pausa, esa tecnología de management se está extendiendo a todos los países y a todo el espectro de la actividad humana.

Como resultado de la implementación de Kaizen, las empresas de cualquier lugar del mundo, de cualquier rubro y de cualquier tamaño pueden mejorar simultáneamente los tres factores críticos de la competitividad: calidad, costo y rapidez de entrega (Quality, Cost and Delivery). Por su alta precisión y efectividad, el Sistema Kaizen tiene alto retorno de la inversión y bajo costo comparativo. Se aplica con éxito en organizaciones de todo tipo y tamaño y en muchos países del mundo, incluida la Argentina.

INICIO

2 de Agosto de 2019.

FINALIZACIÓN

20 de Diciembre de 2019.

DÍAS Y HORARIOS

Viernes de 19 a 22 h.

SEDE DE DICTADO

Tucumán 1489, CABA

DESTINATARIOS

Mandos altos y medios de empresas de manufactura o servicios; funcionarios de gobierno y reparticiones públicas; docentes, profesionales, técnicos y estudiantes de carreras afines con la producción de bienes y servicios.

OBJETIVOS

Desarrollar una nueva capacidad del pensamiento para aumentar la rentabilidad y la productividad de los negocios. Aprender a controlar los 3 factores críticos de la competitividad: calidad, costo y plazo de entrega. Adicionalmente, obtener flexibilidad y capacidad de servicio.

Transmitir la metodología para para sacar máximo provecho de las condiciones económicas favorables y asegurar la rentabilidad en los momentos desfavorables. Aplicar dichos métodos en la implementación práctica de un proyecto piloto de Kaizen/Lean Manufacturing (según factibilidad).

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Kyoto, sensualidad, metafísica y bosques

HORAS JAPONESAS
Por Fosco Maraini
Traducción: José María Kokubu
Extraído de MARAINI Fosco, Ore giapponesi, Bari 1957, Leonardo da Vinci

 

Omaiko san (aprendices de geisha)

Kyoto, sensualidad, metafísica y bosques
Buda y briznas de hierba en el jardín del Dragón Celestial

Desde que hace ya muchos años visité Kyoto por primera vez, me di cuenta de que si los templos de la confesión Shingon fascinaban por un cierto halo de misterio –que se hacía más sugerente en la penumbra de sus capillas donde era fácil revivir los miedos y voluptuosidades de los lha-khang (“moradas de los dioses”) tibetanos– y de que si los templos de la confesión Tendai llamaban la atención por su solemnidad severa, mientras que los del más reciente amidismo impresionaban por magnificencias casi siempre inmunes de vulgaridad,  los templos donde uno quedaba seriamente inundado por la revelación de una purísima belleza pertenecían al budismo Zen, o habían de algún modo recibido su influjo.

Generalmente eran templos vastísimos. Y aquí debería usar más bien la palabra monasterio; templo (tera, ji) indica de hecho en la lengua japonesa –como el lector habrá ya notado– todo un complejo de construcciones que comprenden (en el caso del Zen): un gran portal de ingreso (sanmon), la capilla de los Budas o templo propiamente dicho (butsuden), el aula de las predicaciones (hattô), la sala de las meditaciones (zendô), la residencia para el abad, el refectorio, el baño. En el caso de las confesiones más antiguas no faltan generalmente una o dos pagodas, una baja torre-campanario, una tesorería, una biblioteca, y hay capillas y pabellones dedicados a Celestes Personajes de variada naturaleza. Del templo forman parte también los jardines, las calles, el parque que une los variados elementos dándoles su unidad de organismo, no sólo administrativo y eclesiástico, sino estético.

El jardín del templo de Tenryû-ji (Templo del Dragón Celestial)

En los monasterios Zen este fundirse de la naturaleza y la obra del hombre alcanza constantemente los vértices de la perfección. Quedándose solamente en el ámbito de Kyoto, bastaría dar los nombres del Nanzen-ji o del Tofuku-ji, escondidos entre los pinos a los pies del monte de Levante (Higashiyama), o el del Shokoku-ji, del Daitoku-ji, del Myoshin-ji a los márgenes de la antigua capital, entre septentrión y poniente, cada uno de los cuales es como una pequeña ciudad donde uno se puede perder a lo largo de las calles tortuosas; limitadas por muros con hierbas, musgos, flores salvajes: cada tanto, una portezuela, el sonido de una campanilla, la voz de algún invisible personaje que lee rítmicamente, escandiendo un texto. Son ciudades que esconden maravillosos tesoros de arte a los que se llega, descalzos, después de largos paseos por corredores y verandas, descubriendo al tiempo insospechados jardines, ora alcobas de piedras y de hojas, ora vastos parques: si es primavera habrá glicinas o cerezos en flor, si es en cambio otoño, cada tanto un momiji, en las otras estaciones dominarán los pinos, verdes todo el año, fuertes, con una nudosidad vetusta también en la juventud, jugosos de un vigor adolescente también en la vejez.

Momiji (arces rojos) en los jardines del Tenryû-ji (Templo del Dragón Celestial)

Hoy fuimos al Tenryû-ji, al Templo del Dragón Celestial, a algunos kilómetros del centro de la ciudad, a los pies de los montes del Poniente, cerca de Arashi-Yama. Más tarde, el cielo se aclaró y salió un sol franco, pero enseguida, cuando llegamos al templo, el cielo tenía la cualidad de madreperla que le dan ciertos altísimos velos de las nubes en otoño; la luz desciende entonces igual y silenciosa sobre el paisaje, reavivando de manera extraordinaria –si uno presta atención por algún instante– sus colores. Desde el ingreso al parque, señalado por el antiguo y solemne portal, notamos con gritos de entusiasmo la belleza de los momiji, cuyas hojas en llamas, de todos los rojos imaginables, se mezclaban con las agujas verdísimas de los pinos. Sobre la derecha se presentaba una larga fila de templos menores, cada uno con su jardín y su habitación. Alguna mujer de edad, con un ancho sombrero cónico de paja en la cabeza, estaba barriendo las hojas caídas; por lo demás, nadie. En cuanto al silencio, éste habría dominado en paz los valles si no lo hubiese lacerado penosamente y de continuo un altoparlante, lejano pero fortísimo, que transmitía horribles canciones del estilo nippo-jazz. Delante de nosotros están las estructuras centrales del monasterio construidas en ese estilo característico de la época Muromachi, con paredes blancas donde se dibuja, en trocos de oscuro leño, el armazón fundamental de la casa. El efecto es curiosamente parecido al de la arquitectura espontánea inglesa de tipo half-timbered, o alemana, de tipo Fachwerk.

Se suben unas gradas y aquí está la verdadera entrada. Los detalles del lugar –la grava del parque, la madera de las paredes, el revoque, los árboles en su podadura, hasta las manchas de musgo aquí y allá donde favorece la sombra– revelan un cuidado afectuoso y constante, guiado por un gusto exquisito que tiende a la perfección sustancial. Enemigo número uno: el ornato inútil, lo bello fingido y pegajoso, todo lo que es vulgarmente brillante. Amigos, en cambio, las palas y los rastrillos, todo lo que sugiere trabajos humildes y útiles entorno a las plantas, cercanos a la tierra, que conciernen a la esencia de las cosas. Uno de los puntos que distinguen la filosofía Zen – como veremos dentro de poco– es justamente eso, que la vida del espíritu debe conformar una unidad con la vida de todos los días. Por eso, no es extraño encontrar un abad o un renombrado teólogo (pido perdón por esta impropia expresión) que desmaleza, que barniza, que poda, que talla frascos para calentar el agua de la cocina o que está sobre el techo reparando tejas rotas por una tempestad en la noche. “Si no se trabaja, no se come” fue regla de cenobio desde los tiempos del patriarca chino Pai-chang (en japonés, Hyakujô; 720-814).

Monjes de la Escuela Rinzai

Esta mañana no encontramos teólogos ocupados en trabajos domésticos ni abades jardineros, nos quedamos en cambio un buen rato a la entrada repitiendo “¡Gomen kudasai, gomen kudasai! ¡Permiso, permiso!”. Después de un rato apareció un fraile magro y altísimo, quien nos miró por encima de las lentes de sus anteojos, saludándonos con el aire un poco fastidiado de quien considera a los extranjeros incapaces de comprender las finezas de la belleza oriental. Nos quitamos los zapatos en silencio, calzándonos luego unas pantuflas, y pasamos al templo propiamente dicho que da sobre el jardín. Entretanto, había salido el sol y comenzamos a filmar, buscando de arrancar con la imagen algo de la magia que nos circundaba. Al principio, el magro fraile nos siguió, murmurando, luego, viendo que elegíamos puntos de vista consonantes con sus gustos esotéricos, se le dio por protegernos y nos transformamos en los reyes del Dragón Celeste. Se nos fue concedido de ir, venir, subir, atravesar en absoluta libertad. Naturalmente hicimos de todo para no dañar el jardín.

Puerta principal del Tenryû-ji (Templo del Dragón Celestial)

¿También ella es japonesa?

HORAS JAPONESAS
Por Fosco Maraini
Traducción: José María Kokubu
Extraído de MARAINI Fosco, Ore giapponesi, Bari 1957, Leonardo da Vinci

¿También ella es japonesa?

Anoche, Giorgio y yo volvimos a casa tardísimo, después de acompañar a los Bamba. La cena de anguilas se había alargado; habíamos bebido nuevamente sake y estábamos en esa dichosa incertidumbre, respecto de la posición exacta de las coordenadas espaciales, que libera de las cadenas de la materia e invita a abrir el corazón.

—Cuando estaba Mineko —dijo Giorgio— nos parecía estar apretados aquí; ahora que ya no está, me parece una casa vastísima, ilimitada. ¡Qué belleza que has venido de verdad! Hasta hace pocos días creía que era una broma, sabes, tu viaje a Japón. Pero finalmente estás aquí en serio. Acomódate en esta habitación. Está siempre vacía. Ni se te ocurra ir a otro lado cuando estás en Tokyo, ¿entendiste?

Nos pusimos de acuerdo en que yo contribuiría al menos con los gastos de cocina, dado que por ahora comeré varias veces en casa. Estoy infinitamente agradecido a Giorgio por su hospitalidad. ¡Qué triste sería estar en un hotel, o deber alquilar una habitación! En cambio, así tengo enseguida la sensación de una “casa”, de estar en familia, si bien la mía verdadera está en la otra parte del mundo.

Apenas ordenadas las valijas fui llevado a ver al niño. Vi sólo un mechoncito entre los cobertores y un minúsculo puño cerrado sobre la almohada: Enrico-Nobuo dormía beatamente.

— Verás mañana — dijo Giorgio — que se parece un poco a mí y un poco a su madre. Pero, claro, tú no la conociste nunca. Algunas fotos de ella están allí, sobre el tansu (cómoda).

Después de examinar las fotos de Mineko (no bella, de verdad, pero una expresión inteligente, un poco orgullosa) volvimos a “mi” habitación, nos acuclillamos sobre los zabuton y retomamos la conversación. Giorgio estaba extremadamente locuaz (generalmente habla, sí, pero siempre alrededor de las cosas, no de las cosas; parece como si tuviera bien en mente el lema de Wilde “God gave words to man to hide his thoughts”). Pero anoche estaba distinto de lo habitual. Siguió recordando a Mineko: cómo la conoció, cómo vivieron juntos hasta que se dieron cuenta de que pronto nacería un hijo; después, el matrimonio, con oposición de la familia de ella, y tres años de vida en esta casa, no muy felices, parece, porque su carácter se volvía cada vez más áspero, finalmente la larga, horrible enfermedad, los doctores, los gastos, las deudas, la muerte de ella. Todo un “Via Crucis”. Y sin embargo es claro que Giorgio la amaba tiernamente, acaso apasionadamente; que está siempre apegadísimo a su memoria.

Amanecía. Fuimos a la cocina a hacernos una taza de café con leche. “Sabes —retomó Giorgio— no te impresiones si cada tanto no me ves aquí a la noche. Bueno, ¿entiendes? Duermo en Shibuya, a diez minutos de aquí con el auto”.

—¿También ella es japonesa?— pregunté, arriesgándome un poco a adivinar.

— Ya…, el destino… Encantan. Ni siquiera yo sé lo que tienen. Son deliciosas. La esencia de todo lo que es femenino en el universo. Bah, sabes lo que te digo, seguiremos mañana por la noche. Ciaociao, duerme bien. Déjate gobernar por Abe-san, verás que no dejará que te falte nada. Te mimará como a un hijo. Es buena, pero es una tortura. Es la patrona ella, aquí. Adora a Enrico; para Enrico es una segunda mamá. ¡Si no fuera por eso! Cada dos o tres meses decido licenciarla; ¿pero cómo se hace? Me sentiría un monstruo, con lo mucho que lo quiere a Enrico. Ciao.

Presa de una furia inesperada, desapareció. Afuera palidecían las últimas estrellas.

Esta mañana me desperté tarde, con un sutil rayo de sol sobre los ojos en una habitación oscura. Los viajes aéreos cansan los nervios y uno se da cuenta sólo después de deber pagar las imprevistas cuentas del cansancio. Abe-san vino a abrir los amado, las puertas de madera que cierran por el exterior la casa japonesa durante la noche, y me trajo una taza de té. “O-furo-ga dekita yo, el honorable baño está listo”, dijo, luego se arrodilló al lado de mis futon (los edredones entre los que se duerme) y abrió fuego con una hilera de preguntas sobre mi salud, sobre el viaje, sobre mi familia en Italia, y así siguiendo. Todo eso forma parte de la gentileza japonesa; las preguntas que entre nosotros se evitan porque parecen fruto de una curiosidad inoportuna (¿cuántos años tiene? ¿le desagrada no tener hijos varones?) son en Japón muy normales y demuestran el interés deferente del interrogante respecto del interrogado. La etiqueta, por lo demás, no exige para nada una respuesta precisa. Típico es el ejemplo de la pregunta “¿adónde va?”, que se formula casi siempre a quien se encuentra en la calle; a la que se puede perfectamente responder “eh, chotto… (bah, así, por allá…)” salvando todas las exigencias de la forma.

Abe-san (todos en Japón son san, o sea, señor, señora, señorita) parece tener más o menos treinta años; no es fea pero está desprovista en la manera más absoluta de lo que en tiempos autárquicos debía llamarse sessappello (sex-appeal). Me dice enseguida que por muchos años fue la “directora de casa” de la señora Mineko, que la señora Mineko la quería mucho, que la señora Mineko era la perfección en todo, que la señora Mineko le encargó, muriendo, al niño, y que ella no lo dejará por nada del mundo. “Ahora Nobuo está en la escuela pero volverá a las tres y media” (hay que notar que lo llama por el nombre japonés, no con el italiano). Abe-san debe ser una buenísima dueña de casa. Basta con mirar alrededor para darse cuenta de que todo se desliza como un cronómetro; jamás una mota de polvo que se pose impunemente sobre la menor superficie, jamás un objeto fuera de lugar. Todas las funciones de esta vida deben estar regladas como un rito. Y sin embargo falta calor en esta casa. En Abe-san hay como una hostilidad concentrada. ¿Contra quién? ¿Contra qué?

Después de un último bostezo y un último desperezo, me levanto, me cubro con un yukata (un liviano kimono de algodón) y voy al baño. ¡Qué delicia, de nuevo el baño a la japonesa! He aquí uno de los tantos elementos en que los hábitos nipónicos son infinitamente superiores a los nuestros. En tanto, primer punto, la sala de baño no es —como con demasiada frecuencia ocurre entre nosotros— un lugar frío, con objetos de metal, con paredes revestidas de porcelana o de mármol, que contiene una bañera, sino que puede decirse una extensión de la bañera misma y, dentro de lo posible, revestido de madera, sustancia afectuosa, cordial, reposante, perfumada. También la bañera es generalmente de madera (que al calentarse emana un exquisito olor de conífera, de bosque); Dentro de ella se está sentado, no recostado; es como una minúscula piscina. ¡Parece imposible que un detalle de tan poca importancia haga tanta diferencia! ¿Hay acaso razones fisiológicas por las que estar recostados en el agua caliente, o estar sentados, tiene un efecto distinto en la circulación, y por ende en el bienestar general? El hecho es que a la casi totalidad de los occidentales en oriente, el baño japonés les gusta infinitamente más que el europeo. Se sale de él refrescado, reposado, sereno, en paz con el mundo.

Por lo demás, es bueno recordar el espíritu totalmente distinto con que en Japón se afronta este humilde episodio de la vida cotidiana. En occidente, el baño, después de casi dos milenios de guerra por parte de las varias iglesias, se había reducido —poco antes de la época contemporánea— a su mísero aspecto higiénico y médico; servía para desincrustar el cuerpo de las suciedades, cuando los efluvios se volvían un peligro para las narices de los vecinos, y servía para curar ciertas afecciones. ¿Me equivoco si pienso que el estar recostado en el baño, como se usa en occidente, dependió en su origen de la función médica de la misma operación? Es cierto que desde hace casi un siglo se está reaccionando contra ciertos prejuicios pero, igual, las cosas en estos campos cambian de manera muy lenta. Hoy el baño recupera importancia en nuestra vida, pero como concesión apenas tolerada, como desafío a profundas actitudes emotivas; se lo circunda de cerraduras, de vidrios opacados y se está siempre pronto a esconderlo en el ángulo menos soleado, menos riente de la casa. El cuarto de baño, todavía ahora, está diseñado con la idea de que se entre en él vestido, quitándose la ropa sólo por el breve tiempo necesario para meterse en una especie de ataúd de porcelana o de metal, para cocerse en un caldo de jabón.

En Japón, en cambio, el cuarto de baño es un lugar que invita, que acoge, donde sería de mal gusto apurarse, esconderse, inhibir en cualquier modo el disolverse, reposando, de toda tensión. El calentamiento del agua se realiza con procedimientos simples e ingeniosos; se trata como mucho de una pequeña estufa que, en las casas de la burguesía, está en un lugar adyacente al cuarto de baño, mientras que, en las casas más modestas o directamente pobres, está en parte dentro de la bañera misma. Finalmente, el cuarto está hecho de modo que el agua se cuele fácilmente por el piso; así, uno se lava afuera de la bañera, sirviéndose de un cubo o un cuenco para verter el agua caliente sobre los hombros, sobre la cabeza, para enjuagarse libremente, fragorosamente, “sin miedo de mojar los muebles”, de modo que todas las impurezas huyan con la espuma del jabón. Entonces, perfectamente limpio, uno se mete en el baño propiamente dicho para calentarse, distender los nervios, meditar, cantar, acaso para retomar la conversación con los que están en las estancias vecinas, a través de las delgadas paredes.

Una cosa que escandaliza siempre —y con justicia— a los japoneses es nuestra costumbre de unir baño y gabinete en una misma habitación. ¡Al lado del cubo en que uno se lava, he aquí el receptáculo sobre el que uno se sienta para liberar las vísceras de los excrementos! Es otro testimonio del punto de vista puramente corporal, higiénico, médico, con que consideramos la función del baño. En Japón, el gabinete está siempre separado del baño; no existe jamás nuestra deplorable confusión de esferas esencialmente diversas. En Japón, el baño nace de la purificación ritual, por ende, es un acto positivo, de alegría, una parte del reposo con que el hombre se rehace de las fatigas del trabajo, parte importante, santificada, como el sueño o las comidas; para nosotros, en cambio, el baño está justificado únicamente por la preocupación médica de des-ensuciarse, es una función que toda la civilización occidental post-clásica habría de minimizar. Para los japoneses, el baño lleva a la pureza, para nosotros, nos libera de la suciedad: y las acciones se entienden más bien en el cuadro de sus fines que en la modalidad de su desenvolvimiento.

Característico, por ejemplo, es el hecho de que entre nosotros no existe un momento del día consagrado al baño, un momento igual para todos, definido por el uso; se lo toma generalmente de prisa, o a la mañana o a la noche, y muchísimas personas no tocan el agua más que una vez cada tanto. “Está en el baño” parece casi deberse acompañar con la expresión “perdónenlo, pobre”. Nuestros usos alimentarios, que se remontan a decenas de generaciones hacia atrás, son, bien por el contrario, fijos y universales. Porque para que los hábitos se vuelvan parte integral de una cultura, hacen falta seis, siete, ocho generaciones; en occidente, el baño difundido entre todas las clases es aún un hecho que pertenece al futuro, y en la burguesía no hay más que dos, tres, al máximo cuatro generaciones de vida. En Japón, en cambio, las horas que van entre las cinco y las seis de la tarde están sacrosantamente dedicadas al baño, por parte de todos;  como sucedía por otra parte en la Grecia antigua y en Roma.

Uno regresa a casa, se lava con comodidad y serenidad, se cambia, vistiendo las amplias ropas orientales de bellos pliegues; luego, finalmente, se cena. Y esto, tanto entre ricos como entre pobres. En mis largos viajes por el Japón, he visto casas de toda posible condición; hasta las chozas más míseras de campesinos o de obreros tenían su o-furo, su honorable baño. Acaso un cacerolón donde lavarse, como mucho. Pero nada…, jamás.

El sistema japonés de baño (inmersión final en la bañera, con el cuerpo totalmente limpio) tiene por último otra gran ventaja: permite que toda la familia usufructúe la misma agua caliente, con enorme ahorro económico. En general, primero entra en la bañera el dueño de casa, después la mujer con los niños pequeños, finalmente les toca a los hijos; seguidos por la gente de servicio. El baño es también una ocasión social. No hablo de los innumerables baños públicos que alrededor de las cinco de la tarde constituyen lo que, en horas diversas, son entre nosotros el café, el bar o (en la Italia meridional) el salón; sino que recuerdo que también en la casa, entre personas del mismo sexo y aproximadamente de la misma edad, es usual lavarse en la misma habitación, conversando de esto y de lo otro, dando a esta función diaria el tono de ágape fraterno que pueden tener las comidas.

Naturalmente no es necesario olvidar que está sobreentendida una actitud hacia el desnudo diferente de la nuestra; una actitud más sana, más serena, menos morbosa. Pero sobre esto me prometo volver más adelante. Diré solamente que mientras que para nosotros (como civilización occidental) el desnudo en la vida despierta generalmente respuestas emotivas pertenecientes a la esfera del sexo, en Japón se lo acepta sin tantas complicaciones.

Salido del baño, volví a mi cuarto. ¡Qué nido delicioso, esta casa! Un pequeño pabellón de madera y papel, con el techo de brillantes tejas casi negras, entre jardines y árboles, al pie de una colina: como en las antiguas pinturas chinas. Debían ser muy felices aquí Giorgio y Mineko. ¿Pero por qué Giorgio no vuelve a gozar de esta paz? Ella ha muerto hace ya un año. ¿Qué necesidad hay de hacerse el noctámbulo clandestino por los barrios de Tokyo? Es viudo, que se vuelva a casar. ¡Cuánta necesidad de amor tiene este lugar, de una mujer que lo caliente con su presencia! La disposición de las habitaciones alrededor del pequeño jardín se adivina de manera perfecta. La casa está toda extendida hacia fuera, hacia la naturaleza. No existen aquí los límites inexorables de la casa occidental, que parece decir: tú, naturaleza, serás bella pero quédate allá; yo protejo al hombre que habita aquí, dentro de mí; entre él y tú están mis sólidos muros, y también las ventanas y las puertas tienen válidas cerraduras, potentes barras. Aquí no: con la estación buena, las puertas externas (amado), y las más internas de madera y papel (shôji), se pueden quitar del todo y la estancia entonces se abre a las hojas, las flores, los árboles que la circundan.

Parece que uno se encontrara en una ermita, lejos de todo; y sin embargo, estamos muy próximos al centro de Tokyo. El ruido de los vehículos llega apenas, atenuado por la afortunada disposición de las pequeñas colinas circundantes. Tokyo no es sólo una de las ciudades más populosas del mundo, es también una de las más extendidas. Entre los suburbios extremos de Kawasaki y Kawaguchi hay más de treinta kilómetros (en Roma, entre Tor di Quinto y Tor Marancia, apenas diez); esto porque los japoneses, si bien aceptan trabajar en cajitas de cemento de muchos pisos, sabiamente no aceptan vivir en ellas.

El jardín que tengo delante de mí es típico de miles de otros; sin embargo ¡qué refinado es! ¿Entre nosotros qué haríamos si tuviéramos un patiecito a disposición y los medios para crear en él un jardín? Como primera cosa, inundaríamos el espacio de geometría. Aquí una callejuela, allá un cantero, allá un banco o una fuente, luego jarrones, re-jarrones y extra-jarrones por todos lados, hasta que cada centímetro esté construido, todo elemento regimentado. En cambio aquí el arquitecto y el jardinero tienen a menudo tanta energía como tiempo para alcanzar fines diametralmente opuestos. A primera vista, uno tiene la impresión de encontrarse en el claro de un bosque, qué sé yo, en uno de esos embrujados claustros, todos luz y sol, que se abren sobre el breve espacio entre setos y arbustos, en los tomboli [1] de nuestras costas tirrenas y adriáticas. Después te das cuenta de que la obra del hombre está ¡y cómo!, pero el ideal del artista fue el de recrear la naturaleza con exquisitez y simplicidad, sin hacerse ni ver ni recordar. No hay reglas, geometrías; o bien sí, hay una geometría íntima, infinitamente no-euclideana y sutil, una armonía secreta que el ánimo, para consternación de la mente, advierte enseguida. Todo es irregular; la forma del pradecillo central verde y suave como el pelaje misterioso de un monstruo marino, la forma de los bloques chatos de granito, amorosamente traídos de un lecho de torrente montañoso, alisados por las caricias de las ondas y de los milenios, la disposición de las azaleas, de los jazmines, de las gardenias, de todos los arbustos que suben poco a poco hacia los pinos y los arces, a quienes se confía el deber de esconder el muro perimetral, las casas adyacentes, y de enmarcar el cielo. Y sin embargo, la armonía del conjunto impacta inmediatamente. Es una obra humilde, refinada, civil.

En el interior, la casa de Giorgio es casi del todo japonesa. En todas las habitaciones hay tatami. En la mía que, en los tiempos de Mineko, debía ser el salón de estar, hay un buen tokonomacon un jarrón coreano antiguo y una vista de montañas que se elevan sobre un bosque de bambú. Hay también libros escritos por Mineko y algunas de las muchas revistas con las que ella contribuía con artículos y cuentos. Concesión especial al occidente son una mesa y una silla para trabajar; y esto, confieso, me da gusto, con todo el amor que tengo por las cosas de oriente, nunca he logrado escribir o leer por largo tiempo estando acuclillado. Los muebles y los accesorios domésticos, además de los muchos objetos de arte de la colección de Giorgio están, como se usa, guardados en armarios en la pared. Simplicidad, pureza, elegancia, un ligero toque de ascetismo, he aquí la casa japonesa, ella es la expresión viviente, desde hace siglos, de muchísimas ideas que nosotros consideramos como apenas descubiertas, cosas casi del futuro[2].

— ¿Desea algo de comer? — vino Abe-san a preguntarme — son ya las doce y media.

—    Sí, gracias, ordena unos sushi y fruta.

—    Enseguida llamo por teléfono.

—    ¿Y el danna-san (el señor patrón) cuándo regresa, generalmente?

Abe-san, que estaba alejándose, se detuvo de golpe.

— No tengo la más mínima idea. Ése viene, va, entra, sale, es el patrón él, ¿no? Pregúntele a él, que es su amigo. Yo no sé nada de nada.

Apenas formulada la pregunta, me di cuenta de mi error; pero ya era como si hubiera lanzado una piedra, no podía más que permanecer quieto, rogando a los dioses que no fuera a romper algún vidrio. Pero el vidrio se rompió. Ciertamente debía haberlo pensado antes. Ahora todo me parece claro. Abe-san adora al pequeño pero odia a Giorgio. Son celos indirectos, emparentados, en representación de la patrona. Quería ver a Giorgio tranquilo, aquí en casa, viviendo de recuerdos; y en cambio se va a escondidas bien en el medio de la noche. O acaso, también más probable, Abe-san se imaginaba una vez que Giorgio debía casarse con ella después de la muerte de Mineko. ¿No había sido Abe-san quien cuidó a la pobre señora enferma hasta lo último? ¿No fue ella quien le cerró los ojos? ¿No era a ella que la señora Mineko había recomendado el pequeño? En Japón se tiene tradicionalmente una idea tan casera del matrimonio, especialmente del matrimonio de un viudo, que no habría habido nada de extraño desde el punto de vista de Abe-san en todo esto. Giorgio, en cambio, había seguido tratándola como una normal gobernanta; y ella se había vuelto histérica.

 


[1] En Italia, cordón arenoso que une una isla con la tierra firme: serie de dunas puestas en proximidad de un delta fluvial.

[2] “Todos esos elementos en el diseño de la casa moderna por los que nosotros los arquitectos hemos luchado —la estrecha correlación entre exterior e interior, las divisiones corredizas entre las habitaciones, y otras cosas más— helas aquí en la casa japonesa”. GROUPIUS W. Entrevista del Asahi Evening News, Tokyo, 16 de junio de 1954.

Kazumi – Relámpagos lúbricos

KAZUMI
Relámpagos lúbricos
Por José María Kokubu

 

Un bar de Chiba
Mi mirada de joven
Bella Kazumi

Alborada…

Cita furtiva
Ignorancia de besos
Sin inocencia

Trampa…

No supo el otro
Tsunami de cópula
Aullido de amor

Costumbre…

En mi barraca
Estocadas certeras
Hombres durmiendo

Ay…

La leve Kazu
Recorriendo el pasillo
Luz de vigía

¿Te gusta que zambullir enseguida verdadero Japón?

HORAS JAPONESAS

Por Fosco Maraini

Traducción: José María Kokubu

Extraído de MARAINI Fosco, Ore giapponesi, Bari 1957, Leonardo da Vinci

¿Te gusta que zambullir enseguida verdadero Japón?

…aquí estamos en un kabayaki-ya, donde el plato principal consiste en anguila asada sobre arroz blanco, en salsa shôyu. Es además el kabayaki-ya más famoso y venerado de Tokyo: la entrada tiene un no sé qué de refinadamente agreste (si bien se encuentra en el centro de la metrópoli) como podría verse entre nosotros en una villa toscana. Una linterna de papel y de bambú revela sobre su flanco iluminado los dos caracteres del nombre, Miyagawa, escritos con impecable estilo: Palacio-Río, dos de los más armoniosos entre los ideogramas, por el equilibrio entre espacios vacíos y trazos de pincel.

Afuera de la empalizada de madera oscura, que delimita el breve espacio ocupado por el restaurante y por su jardín, hemos dejado una calle ruidosa donde aceleran los vehículos y chirrían los tranvías con infernal estrépito, pero aquí adentro hay tranquilidad y casi-silencio, penumbra de los sonidos; además, todo es pequeño, delicioso, refinado; toda materia que podría sugerir desagradables, violentas sensaciones está completamente excluida; quedan solamente la madera, el papel, unas vetustas piedras que se han vuelto lustrosas de tanto limpiarlas. El refinamiento japonés es el más exquisito que existe en el mundo, ya que los medios por los que se expresa son los más puros, humildes, naturales.

— Maraini-san, ¿Te gusta que zambullir enseguida verdadero Japón? — me dice Sachiko Bamba en su curioso italiano, con una sonrisa que no termina más.

Yoku kangaeta né (¡magnífica idea!)

Y nuestra conversación continúa así, a saltos, cada uno hablando la lengua del otro.

Apenas atravesado el pequeño portón de ingreso, nos encontramos en un jardín pequeñísimo, pero tan sabiamente irregular que parece que uno se podría perder entre arbustos y minúsculos pinos retorcidos. Los Pajarillos[1] avanzan en misión de reconocimiento, dando saltitos, gorjeando. A lo largo de los senderos da la entrada de seis o siete pequeñas cabañas-habitaciones, dispuestas como al azar, cada una pronta para un grupo de huéspedes. Las habitaciones están ligeramente elevadas, para entrar en ellas hay que quitarse los zapatos, el piso está cubierto con los tatami, las suaves esteras de paja lustrosa y regularísima. Tatamu significa en japonés envolver y, ciertamente, en épocas remotas los tatami eran simples tapetes que se desplegaban y se ponían por tierra; con el tiempo, sin embargo, se transformaron en una especie de colchón vegetal, luciente, limpio, perfumado; y fijado al suelo.

Es tarde, han quedado poquísimos clientes; veo solamente en una de las cabañas unos jóvenes que cantan alegremente. La jochû-san, la “señorita camarera” se acerca corriendo, nos conduce a un pabellón que está en el fondo del jardín. Nos quitamos los zapatos y nos acuclillamos para sentarnos.

— Maraini-san, ven aquí, siéntate en el lugar de honor.

— Pero no, Bamba-san, te toca a ti, te lo ruego.

¡Hay que retomar el hábito de los cumplidos! El sitio de honor en Japón está considerado de manera especial. Cada habitación tiene una pequeña alcoba llamada tokonoma, reservada para una o dos cosas bellas — una pintura, una poesía trazada en delicados jeroglíficos, una escultura antigua, un jarrón — y para algunas flores sabiamente dispuestas. Cuando el dueño o la dueña de casa son personas de gusto, todo está ligado por sutiles armonías; obra de arte y flores se completan entre sí, como las notas de un canto armonizado, muchas veces evocando o comentando cierto estado de ánimo o cierto acontecimiento: arribo, alegría, primavera, partida, amor, naturaleza, tristeza, montaña, felicitaciones, la infinita riqueza de las cosas del corazón y de los rostros del mundo. El lugar de honor es el que está delante del tokonoma; no de frente sino de espaldas; o sea, el lugar donde el huésped aparece a los otros comensales como enmarcado por la alcoba consagrada a lo Bello.

Después de una breve lucha de sonrisas y una danza de inclinaciones, debo rendirme y quedar enmarcado por la belleza. “Acabas de bajar del cielo — concluye Giorgio — no pretenderás ser tratado como los otros mortales”. A propósito de Giorgio; ahora lo puedo mirar mejor, no, no ha envejecido, aparte de algunos cabellos grises en las sienes, que por lo demás, le sientan bien; se ha vuelto más decidido en los movimientos, se siente en él una seguridad que antes no tenía. De tanto en tanto, retoma algunos gestos de estudioso (por ejemplo, la limpieza lenta y académica de los anteojos); ¿serán los mismos que impresionan a los ignorantes cuando deben concluir con él un negocio? Con la edad nos volvemos mejores directores de escena de nosotros mismos. Diez años, aproximadamente, que no nos vemos: los ánimos y sus motivos se han vuelto más transparentes que antes, al menos para mí. ¿Será así también para él, no? ¡Como está preñado lo no-dicho, una vez pasada la juventud! Es indudable que Giorgio ha sabido tomar grandes responsabilidades en la vida y sostenerlas. Se nota por la seguridad de los gestos que no admiten réplica; también en las pequeñas, humildes cosas, como ahora, por ejemplo: golpea las manos para llamar a la jochû-san “oi, oi, sake ni-hon motte koi, querríamos dos botellas de sake”… Las botellitas son traídas a la carrera, contienen menos de un cuarto de litro de un vino transparente de arroz, de unos dieciocho grados, que se bebe caliente en tacitas un poco más grandes que una cáscara de nuez.

Finalmente estamos instalados: todo es íntimo, recogido, de un exquisito refinamiento. Es dulce hablar de recuerdos con Giorgio y con los Pajarillos: de tantos años atrás, cuando estábamos en Kyoto e íbamos con Somi, Adriano Somigli, a beber extraños menjunjes amarillos en el antro de Noma, cantando poesías japonesas y coros de montaña. Noma, un gigante de alma fresca como una brizna de hierba, poeta y minero, alfarero y barquero, personificación de la locura Zen, del budismo más extremo, antilógica, antigeometría absoluta…

— ¿Y Somi qué hace? Dame noticias de él, le pido a Giorgio.

— Está bien, llega el fin de semana de Kyoto.

— ¿Y su endocosmos? ¿Siempre en ebullición? ¿Es cristiano o budista ahora?

— No tengo informaciones recientísimas. La última vez que vino a Tokyo estaba con los frailes.

— Significa poco…

— Ya, es cierto; no queda más que preguntárselo cuando venga; sabes, ahora estamos en caminos distintos, terminamos viéndonos por poco tiempo cuando pasa por Tokyo; bebemos algo juntos, hablamos de los hechos corrientes, cuanto mucho de algún libro aparecido recientemente; nunca hay tiempo para las cosas serias. Malditos negocios. Tres años más y luego me retiro. A Martina Franca, en Apulia; mi madre tiene un terreno por esos lados. Me refacciono un trullo [2]; ¡Qué fantástica una casa redonda! Como un útero. Terminar como se ha comenzado. Sabiduría ¿Qué me dices? O si no voy a Oxford. Querido mío, un asunto que, si lo concluyo, es maravilloso. Dono mi gran biblioteca oriental a la universidad y me hago nombrar curador. Una delicia, ¿qué me dices?…

Mientras hablamos sorbiendo el sake miro a mi alrededor. ¡Cuánta serenidad en estas cosas pequeñas, desnudas, limpias! No veo más que papel, paja, superficies lisas, suaves, genuinas; nada de barniz, nada que cubra la textura de las materias vegetales; y nada de metal. Silencio, cada tanto se siente el agradable rumor de los fusuma (las puertas livianísimas de madera y papel) que se abren y se cierran deslizándose. El canto alegre de los jóvenes ha cesado: acaso hemos quedado solos en la casa Palacio-Río.

Después de días y días de estrépito en el vientre de un avión, después de oficinas, aeropuertos, aduanas, hoteles, conversaciones en todas las lenguas y tempestades en todos los cielos, me parece estar viviendo un sueño.

Hiroshi Bamba me ayuda a traducir el escrito que campea en grandes ideogramas trazados con naturalidad sobre un estandarte colgado en el tokonoma (el escrito y una flor de cardo, no hay nada más en la alcoba; simplicidad exquisita). Son cuatro caracteres. Es difícil entenderlos a primera vista. Se leen Hoge Jaku, quizás la mejor traducción sea ésta: “Liberados del apego a las cosas inútiles”. Una máxima típicamente budista. ¡El cardo, flor áspera, humilde y fiera, no fue puesto por casualidad en el tokonoma!

Cuando terminamos de beber el sake (en Japón se bebe antes de comer, más que durante la comida, o después) llegaron las anguilas, dispuestas en filetes sobre el cándido arroz, en tres cajas rectangulares de laca negra. Liberamos los palillos de olorosa madera de pino de su envoltorio de papel y empezamos a comer.


[1] Por “Pajarillos”, haciendo un juego de palabras con el apellido, el autor hace alusión al matrimonio de Hiroshi y Sachiko Bamba. Los nombres terminados en ko son de mujer. N. del T.

[2] Construcción circular, común en Apulia.

Llegando a Japón

Llegando a Japón

Extraído de MARAINI FoscoOre giapponesi, Bari 1957, Leonardo da Vinci

Traducción: José María Kokubu Munzón

 

Europa, en repetidas oportunidades —con Alejandro Magno, con Marco Polo, en el siglo dieciséis, — ha descubierto el Asia oriental, y cada vez fue una sorpresa nueva, como si se tratara de un planeta diferente. Cada vez, en efecto, nuestros clasicismos mediterráneos tenían la impresión de encontrarse en presencia de clasicismos análogos, si bien formados por elementos a primera vista incomprensibles. En la India, en China, por no citar más que los núcleos originarios, se habían constituido “sociedades perfectas” con filosofías, literaturas, artes formando un todo en sí.

René Grousset – Bilan de l’Histoire

 

Una visita prolongada, cuando se trata de países que pertenecen a la misma gran familia de aquello en donde nacimos y crecimos, difiere de una más breve sólo porque provee a la mente de un mayor número de hechos, de una visión más clara de los detalles en el cuadro de conjunto. Si, en cambio, trasponemos los confines dentro de los cuales han operado por siglos las influencias y las tradiciones del mundo clásico, del cristianismo, del renacimiento europeo; entre simple visita y larga residencia puede también haber un salto cualitativo: podemos penetrar en otro orden de ideas, en un mundo gobernado por nuevas dimensiones. El enviado especial va y vuelve; ve las cosas con los ojos del lugar de origen; conoce las categorías de lo exótico y se deleita en ellas. Pero, para quien vive, trabaja, sufre, por una importante parte de la propia vida, entre pueblos cuya historia podría haberse desarrollado sobre otro planeta, termina por sentirse poco a poco transformado; lo que parecía a primera vista extraño se vuelve normal, aquellos que parecían figuras exóticas se revelan en cambio hombres, mujeres, niños maravillosamente verdaderos y humanos. Por un momento se respira entonces la gran identidad de la aventura terrena, por otro, se comprende cómo es legítimo ver cosas y vida con ojos del todo diversos de los nuestros. Percepciones ambas importantes, ahora que el mundo está volviéndose cada vez más pequeño de espacios, siempre más vasto de pueblo. ¿Cómo convivir sin conocerse? ¿Y cómo conocerse sin comprender el corazón secreto de los otros?

El viaje del que se habla en estas páginas me ha llevado a las fuentes de la civilización japonesa, a Ise (orígenes), a Nara (primeros contactos con la China y con el budismo), a Kyoto (florecer de las instituciones, de las letras, de las artes nacionales), a Nagoya y a Nikko (ciudades de los Tokugawa, la familia de los shogun que gobernaron el imperio desde 1600 hasta 1868), a Tokio, maravilla y monstruo de nuestro siglo. Este viaje me ha ofrecido así los elementos para reasumir, de etapa en etapa, los elementos más importantes de la historia nipónica, entendida ésta en su sentido total: política, economía, religión, letras, artes.

Campo de luces en flor

Por un tiempo indeterminado, pero larguísimo, el avión parecía deslizarse vagando, a una altura imprecisa, como un pájaro que descansa en el viento, sobre una alfombra de luces de colores que habían florecido improvisamente en la noche. Redes de oscuridad, de un negro suntuoso, tangible, aparecían circundadas e intersecadas por margaritas argentinas, y éstas, por nuestro movimiento que las escondía y revelaba, parecían apagarse y encenderse con pulsaciones de cosa viviente. De cuando en cuando, se percibían zonas o núcleos más fantasiosamente iluminados, y festones, entretejidos de colores, rojo, verde, naranja; junglas espectrales.

El tiempo era malo, se anunciaba un tifón; nubes y jirones de niebla llenaban el cielo; cada tanto desaparecíamos en una gaseosa nada (con un sobresalto del aparato) para volver a emerger pocos instantes después. Pero la alfombra de luces en flor estaba siempre allí debajo de nosotros, suave, voluptuosa, apenas verdadera, de tanto parecer increíble, como una obra de magia. Volábamos sobre la Tokio nocturna. ¡Qué aparición maravillosa! ¡Y qué extraña sorpresa!

Para comprender mi entusiasmo, hace falta saber que, en Japón, las ciudades, vistas desde la tierra y de día, son inefablemente feas, tanto las mayores como Tokio, Osaka, Nagoya, como las menores como Hiroshima, Sendai o Sapporo; todas, diría, sin excepción. Incluso Kyoto (que después termina por revelarse como uno de los lugares más fascinantes del mundo) en su aspecto general, en un primer vistazo, decepciona amargamente.

¿Cómo se explica este hecho en un país tan sensible a lo bello en todas sus formas? Hace falta poner la mente por un instante en algunas diferencias en los pilares fundamentales de los universos de Asia y de occidente. Para nosotros, la belleza tiene un no sé qué de esencialmente solar y radiante, por lo que esconderla sería un contrasentido; ella se acompaña casi necesariamente de una cierta exigencia de fulgor; es una sonrisa del ser. Cuando Hegel dice que “das Schöne ist wesentlich das Geistige, das sich sinnlich äussert” (lo Bello es en esencia lo Espiritual, que se exterioriza materialmente) interpreta del modo más exquisito una fe profunda del occidente.

Otro aspecto lo interpreta Keats cuando grita: “Beauty is truth, truth beauty”. No sólo que lo bello debe resplandecer, sino que está ligado por sutiles, antiguas y profundas venas subterráneas con la verdad. Todo nuestro pensamiento estético, de Aristóteles a Croce, desemboca, en último análisis, en relaciones de lo bello con lo verdadero. Y así nuestras ciudades se proclaman en plazas y calles, columnatas y palacios, arcos, catedrales y exedras. Su belleza se expande al sol, es construida, orgánica. Son hijas del orden social y de la técnica, pero también de la dialéctica y de la geometría.

En Japón, en cambio, la belleza es iniciática, debe ser merecida, es el premio de una larga y a veces penosa búsqueda, es intuición final, posesión celosa. Lo bello que es bello de inmediato tiene ya en sí mucho espíritu de vulgaridad. Las relaciones históricas de este concepto, más que a la verdad y al intelecto, nos llevan a la intuición-iluminación (satori), al gusto (shumi) y al corazón (kokoro). En cierto sentido puede decirse visión romántica de la belleza; desde otro punto de vista, puede decirse que allá lo bello, siendo siempre recóndito, es necesariamente aristocrático.

Aproximar pues la ciudad, el lugar donde todos van y vienen, el territorio público por excelencia, a la idea de belleza sería un sinsentido. Las ciudades japonesas son simples instrumentos de vida y de trabajo, entes provisorios que sirven a sus fines meramente prácticos. La belleza, naturalmente, está, pero hace falta primero desearla, buscarla, y quizá finalmente será dado descubrirla; luego, una vez conquistada, ella quita tu sed con refinamientos inimaginados en otros lugares, entre jardines recluidos y templos o villas, donde se realiza de veras la comunión más perfecta del hombre con cuanto lo circunda. Es belleza como isla, momento, palabra susurrada, instante; es cualidad pura, ebriedad de la que quedará después, para siempre, la nostalgia.

Notable es por ejemplo el hecho de que las ciudades japonesas carecen casi totalmente de calles elegantes: quiero decir esos lugares como Via Veneto en Roma, Via Tornabuoni en Florencia, Via Montenapoleone en Milán, los alrededores de la Place Vendôme en París, los de Berkeley Square en Londres, la Quinta Avenida entre las transversales 55 y 60 en Nueva York, donde, a cierta hora, puede estarse seguro de encontrar los brillos más refinados y deliciosos de la local juventud dorada, paseando con o sin perro, según la fantasía del momento, con o sin auto, según las secretas exigencias de la ostentación, de swank, de blague, personificando el último grito de la moda, la última línea de lo bello evanescente, pioneros en los inexplorados territorios de nuevos deleites para los ojos y para la imaginación. Tokio tiene una gran calle comercial, Ginza. “La Platería” (o también “casa de moneda”), con sus satélites Nishi y Higashi Ginza. Kyoto tiene su Kawaramachi, entre San-jo y Shi-jo, pero no se las puede llamar verdaderas calles elegantes, en el sentido occidental del término, por más que es claro que tenderán con el tiempo a serlo. En Japón existen elegantes barrios de residencia, con callecitas silenciosas donde muros y portones dejan apenas adivinar jardines y villas de un sólido lujo que no arriesga la mínima ostentación —the overstatement of understatement, el énfasis de lo atenuado, como se podría decir con esa casi intraducible expresión inglesa— existen barrios elegantes de placer, que, también ésos, sugieren e indican, más que decir y mostrar; pero las calles son órganos de derivación del tránsito, fisiología urbana, no complemento y continuación del salón y del teatro; o a veces de la alcoba. Todo esto abre mirillas inesperadas sobre hábitos de exclusión, de misterio, de timidez, también de señorial desprecio por el lujo, sobre reuniones que aborrecen la publicidad, sobre una vida que se aísla en cofradías, círculos, cenáculos para los iniciados, los elegidos, los favoritos que gozan privilegios especiales. ¿La calle? ¡Pero si es de todos! Entonces no puede ser elegante, fina, civil; por definición. Nadie me quita de la cabeza que en los japoneses hay una involuntaria complacencia en el descuido cuando construyen sus ciudades: casi como para circundar y proteger con lo feo los verdaderos tesoros.

Sin embargo, esta noche he descubierto una silenciosa belleza de las ciudades japonesas que nadie ha podido esconder: esa que con la oscuridad sube de la tierra al cielo; los campos inmensos de luces en flor, los prados profundos donde desembocan secretos carnavales. ¡Qué dulce y agradable sorpresa! ¡Gracias, Japón, por este primer saludo!

Horas japonesas: una conmoción existencial

El Monte Fuji visto desde la playa de Inamuragasaki

Horas japonesas: una conmoción existencial

Por José María Kokubu

Hace doce o quince años, un amigo italiano, Mario Guerra, cantante aficionado, amante de la buena música, la buena conversación, la belleza y la cocina, me recomendó, conociendo mi variada composición étnica y mi debilidad por la cultura japonesa, la lectura de un libro que tenía lugar privilegiado en su biblioteca: Horas japonesas de Fosco Maraini. Me puse a leer las primeras páginas, que hicieron, debo confesar, un impacto. Evidentemente, el autor era un amante de Japón y sus cosas, poseedor de un riquísimo espíritu europeo meridional. Pero en esa somera incursión me costó conciliar la abundancia literaria de Maraini con el sobrio ascetismo de la cultura que él describía. Estaba sin duda influido por el prejuicio infundado de que los italianos, por su musical abundancia verbal, eran acaso ineptos para describir con justicia la sobriedad japonesa, centro absoluto de aquel raro universo estético.

En resumen, debieron pasar esos doce o quince años mirando ocasionalmente el grueso volumen en mi biblioteca sin que atinara a emprender su lectura. Lo hice apenas unas dos semanas atrás… Fue un flash o, si prefieren, un satori. Un recuperar en un instante ingentes riquezas que creía no haber sido capaz de conservar enteras en mi memoria. Volvieron infinidades de recuerdos, enriquecidos por esas palabras musicales que domina Maraini, retomando vida propia, regresando de antiguas cartas y fotografías, ya algo desteñidas…

Todo empezó con dos austeros y fogosos años de estudiante, entre el 77 y el 79, que dieron un completo giro a mi vida, a mi pensamiento, a mi manera de ser. De vuelta en Argentina y casi sin darme cuenta, vocal suplente de la Asociación Argentino Japonesa, presidida por el embajador Carlos J. Fraguío, que contaba entre sus socios y dirigentes con figuras como Jorge Luis Borges, Jorge Oría, María Kodama, Gyula Kosice, Violeta Shinya, Orlanda Yokohama, Walter Gardini, Virgilio Tedín Uriburu, Seisaburo Mukoyama, Antonio Takinami, Jorge Revello… Una élite cultural, diplomática y empresaria, unida por la fascinante atracción de un maravilloso país, que será muy difícil de volver a reunir en tan áulico conjunto. Más tarde, vocal titular, prosecretario, secretario, mano derecha del embajador, persiguiendo nobles fines de paz, crecimiento y amistad internacional.

Para ser breve, hasta 1999, en incesante trajinar entre Argentina y Japón, fueron más de 20 años que van desde mis épocas de estudiante en la luna de Osaka y Tokio y mi matrimonio, hasta los tiempos de duro y concreto trabajo, construyendo puentes, accediendo a niveles cada vez más altos, pasando por presidentes de gigantescas corporaciones argentinas y japonesas y culminando en invitaciones privadas del Gran Chambelán del Príncipe Heredero –el embajador Kazuo Yamashita amigo y paciente odontológico–; de los presidentes de la Cámara de Diputados, Yoshio Sakurauchi, y del Senado, Yoshihiko Tsuchiya, del Parlamento japonés; y del Príncipe Takamado no Miya, presidente honorario de la Japan Foundation (Nihon Kôryû Kikin).

En total, nueve veces me tocó viajar al país del sol naciente en misiones privadas, oficiosas, semioficiales y oficiales, facilitando negocios, difundiendo nuestra cultura argentina, promoviendo acercamientos, gestionando un importante premio para la Asociación Argentino Japonesa; y, para mi ex jefe, el Embajador Fraguío, una audiencia con Su Majestad el Emperador. La máxima cumbre de mis experiencias fue ser invitado a tomar el té, en serena intimidad, en el palacio del Príncipe Takamado no Miya y su consorte, la Princesa Hisako.

Japón me regaló horas maravillosas, inefables. Indecibles hasta que hace apenas dos semanas me encontré con Fosco Maraini y sus Horas japonesas. Permítanme, estimados amigos, compartir con ustedes mis horas japonesas, tomando en préstamo la extraordinaria pluma de Maraini. Jamás habría podido expresar adecuadamente los sentimientos que me provoca el país de la mitad de mis antepasados. ¡Gracias tanito hermano, gracias por tu inspiración, gracias por devolverme veinte años de mi vida!

Próximamente continuarán recibiendo una selección de Horas japonesas, que espero sean para ustedes de tanto deleite y regocijo como lo son para mí.