Llegando a Japón

Llegando a Japón

Extraído de MARAINI FoscoOre giapponesi, Bari 1957, Leonardo da Vinci

Traducción: José María Kokubu Munzón

 

Europa, en repetidas oportunidades —con Alejandro Magno, con Marco Polo, en el siglo dieciséis, — ha descubierto el Asia oriental, y cada vez fue una sorpresa nueva, como si se tratara de un planeta diferente. Cada vez, en efecto, nuestros clasicismos mediterráneos tenían la impresión de encontrarse en presencia de clasicismos análogos, si bien formados por elementos a primera vista incomprensibles. En la India, en China, por no citar más que los núcleos originarios, se habían constituido “sociedades perfectas” con filosofías, literaturas, artes formando un todo en sí.

René Grousset – Bilan de l’Histoire

 

Una visita prolongada, cuando se trata de países que pertenecen a la misma gran familia de aquello en donde nacimos y crecimos, difiere de una más breve sólo porque provee a la mente de un mayor número de hechos, de una visión más clara de los detalles en el cuadro de conjunto. Si, en cambio, trasponemos los confines dentro de los cuales han operado por siglos las influencias y las tradiciones del mundo clásico, del cristianismo, del renacimiento europeo; entre simple visita y larga residencia puede también haber un salto cualitativo: podemos penetrar en otro orden de ideas, en un mundo gobernado por nuevas dimensiones. El enviado especial va y vuelve; ve las cosas con los ojos del lugar de origen; conoce las categorías de lo exótico y se deleita en ellas. Pero, para quien vive, trabaja, sufre, por una importante parte de la propia vida, entre pueblos cuya historia podría haberse desarrollado sobre otro planeta, termina por sentirse poco a poco transformado; lo que parecía a primera vista extraño se vuelve normal, aquellos que parecían figuras exóticas se revelan en cambio hombres, mujeres, niños maravillosamente verdaderos y humanos. Por un momento se respira entonces la gran identidad de la aventura terrena, por otro, se comprende cómo es legítimo ver cosas y vida con ojos del todo diversos de los nuestros. Percepciones ambas importantes, ahora que el mundo está volviéndose cada vez más pequeño de espacios, siempre más vasto de pueblo. ¿Cómo convivir sin conocerse? ¿Y cómo conocerse sin comprender el corazón secreto de los otros?

El viaje del que se habla en estas páginas me ha llevado a las fuentes de la civilización japonesa, a Ise (orígenes), a Nara (primeros contactos con la China y con el budismo), a Kyoto (florecer de las instituciones, de las letras, de las artes nacionales), a Nagoya y a Nikko (ciudades de los Tokugawa, la familia de los shogun que gobernaron el imperio desde 1600 hasta 1868), a Tokio, maravilla y monstruo de nuestro siglo. Este viaje me ha ofrecido así los elementos para reasumir, de etapa en etapa, los elementos más importantes de la historia nipónica, entendida ésta en su sentido total: política, economía, religión, letras, artes.

Campo de luces en flor

Por un tiempo indeterminado, pero larguísimo, el avión parecía deslizarse vagando, a una altura imprecisa, como un pájaro que descansa en el viento, sobre una alfombra de luces de colores que habían florecido improvisamente en la noche. Redes de oscuridad, de un negro suntuoso, tangible, aparecían circundadas e intersecadas por margaritas argentinas, y éstas, por nuestro movimiento que las escondía y revelaba, parecían apagarse y encenderse con pulsaciones de cosa viviente. De cuando en cuando, se percibían zonas o núcleos más fantasiosamente iluminados, y festones, entretejidos de colores, rojo, verde, naranja; junglas espectrales.

El tiempo era malo, se anunciaba un tifón; nubes y jirones de niebla llenaban el cielo; cada tanto desaparecíamos en una gaseosa nada (con un sobresalto del aparato) para volver a emerger pocos instantes después. Pero la alfombra de luces en flor estaba siempre allí debajo de nosotros, suave, voluptuosa, apenas verdadera, de tanto parecer increíble, como una obra de magia. Volábamos sobre la Tokio nocturna. ¡Qué aparición maravillosa! ¡Y qué extraña sorpresa!

Para comprender mi entusiasmo, hace falta saber que, en Japón, las ciudades, vistas desde la tierra y de día, son inefablemente feas, tanto las mayores como Tokio, Osaka, Nagoya, como las menores como Hiroshima, Sendai o Sapporo; todas, diría, sin excepción. Incluso Kyoto (que después termina por revelarse como uno de los lugares más fascinantes del mundo) en su aspecto general, en un primer vistazo, decepciona amargamente.

¿Cómo se explica este hecho en un país tan sensible a lo bello en todas sus formas? Hace falta poner la mente por un instante en algunas diferencias en los pilares fundamentales de los universos de Asia y de occidente. Para nosotros, la belleza tiene un no sé qué de esencialmente solar y radiante, por lo que esconderla sería un contrasentido; ella se acompaña casi necesariamente de una cierta exigencia de fulgor; es una sonrisa del ser. Cuando Hegel dice que “das Schöne ist wesentlich das Geistige, das sich sinnlich äussert” (lo Bello es en esencia lo Espiritual, que se exterioriza materialmente) interpreta del modo más exquisito una fe profunda del occidente.

Otro aspecto lo interpreta Keats cuando grita: “Beauty is truth, truth beauty”. No sólo que lo bello debe resplandecer, sino que está ligado por sutiles, antiguas y profundas venas subterráneas con la verdad. Todo nuestro pensamiento estético, de Aristóteles a Croce, desemboca, en último análisis, en relaciones de lo bello con lo verdadero. Y así nuestras ciudades se proclaman en plazas y calles, columnatas y palacios, arcos, catedrales y exedras. Su belleza se expande al sol, es construida, orgánica. Son hijas del orden social y de la técnica, pero también de la dialéctica y de la geometría.

En Japón, en cambio, la belleza es iniciática, debe ser merecida, es el premio de una larga y a veces penosa búsqueda, es intuición final, posesión celosa. Lo bello que es bello de inmediato tiene ya en sí mucho espíritu de vulgaridad. Las relaciones históricas de este concepto, más que a la verdad y al intelecto, nos llevan a la intuición-iluminación (satori), al gusto (shumi) y al corazón (kokoro). En cierto sentido puede decirse visión romántica de la belleza; desde otro punto de vista, puede decirse que allá lo bello, siendo siempre recóndito, es necesariamente aristocrático.

Aproximar pues la ciudad, el lugar donde todos van y vienen, el territorio público por excelencia, a la idea de belleza sería un sinsentido. Las ciudades japonesas son simples instrumentos de vida y de trabajo, entes provisorios que sirven a sus fines meramente prácticos. La belleza, naturalmente, está, pero hace falta primero desearla, buscarla, y quizá finalmente será dado descubrirla; luego, una vez conquistada, ella quita tu sed con refinamientos inimaginados en otros lugares, entre jardines recluidos y templos o villas, donde se realiza de veras la comunión más perfecta del hombre con cuanto lo circunda. Es belleza como isla, momento, palabra susurrada, instante; es cualidad pura, ebriedad de la que quedará después, para siempre, la nostalgia.

Notable es por ejemplo el hecho de que las ciudades japonesas carecen casi totalmente de calles elegantes: quiero decir esos lugares como Via Veneto en Roma, Via Tornabuoni en Florencia, Via Montenapoleone en Milán, los alrededores de la Place Vendôme en París, los de Berkeley Square en Londres, la Quinta Avenida entre las transversales 55 y 60 en Nueva York, donde, a cierta hora, puede estarse seguro de encontrar los brillos más refinados y deliciosos de la local juventud dorada, paseando con o sin perro, según la fantasía del momento, con o sin auto, según las secretas exigencias de la ostentación, de swank, de blague, personificando el último grito de la moda, la última línea de lo bello evanescente, pioneros en los inexplorados territorios de nuevos deleites para los ojos y para la imaginación. Tokio tiene una gran calle comercial, Ginza. “La Platería” (o también “casa de moneda”), con sus satélites Nishi y Higashi Ginza. Kyoto tiene su Kawaramachi, entre San-jo y Shi-jo, pero no se las puede llamar verdaderas calles elegantes, en el sentido occidental del término, por más que es claro que tenderán con el tiempo a serlo. En Japón existen elegantes barrios de residencia, con callecitas silenciosas donde muros y portones dejan apenas adivinar jardines y villas de un sólido lujo que no arriesga la mínima ostentación —the overstatement of understatement, el énfasis de lo atenuado, como se podría decir con esa casi intraducible expresión inglesa— existen barrios elegantes de placer, que, también ésos, sugieren e indican, más que decir y mostrar; pero las calles son órganos de derivación del tránsito, fisiología urbana, no complemento y continuación del salón y del teatro; o a veces de la alcoba. Todo esto abre mirillas inesperadas sobre hábitos de exclusión, de misterio, de timidez, también de señorial desprecio por el lujo, sobre reuniones que aborrecen la publicidad, sobre una vida que se aísla en cofradías, círculos, cenáculos para los iniciados, los elegidos, los favoritos que gozan privilegios especiales. ¿La calle? ¡Pero si es de todos! Entonces no puede ser elegante, fina, civil; por definición. Nadie me quita de la cabeza que en los japoneses hay una involuntaria complacencia en el descuido cuando construyen sus ciudades: casi como para circundar y proteger con lo feo los verdaderos tesoros.

Sin embargo, esta noche he descubierto una silenciosa belleza de las ciudades japonesas que nadie ha podido esconder: esa que con la oscuridad sube de la tierra al cielo; los campos inmensos de luces en flor, los prados profundos donde desembocan secretos carnavales. ¡Qué dulce y agradable sorpresa! ¡Gracias, Japón, por este primer saludo!